13 de enero de 2016

El Congreso de los Medios

Hoy ha comenzado la XI legislatura de la Democracia.

Sin duda ha sido un momento histórico al entrar con mucha fuerza dos nuevos partidos políticos que decidirán gran parte de lo que ocurra en el Congreso durante esta legislatura. Y sin embargo, más que de la propia presencia de estos partidos, de las propuestas que han presentado, de las políticas de pactos y de cómo afectará todo esto al parlamentarismo, se han hablado de hechos que nada deberían tener que ver con la actividad parlamentaria.

Bandas musicales acompañando a los diputados, bebés en el Congreso, discursos fuera de lugar y del momento apropiado, votos al presidente del Congreso que se toman en broma... 

Y todo esto tiene una explicación: las cámaras. 

Todo lo que ocurre en el Congreso está grabado por cientos de televisiones que lo emiten todo, y más en un día tan especial como la primera sesión. Todos han resaltado ya las cosas buenas que tiene esto: acercamiento a los ciudadanos y por ende, mayor democracia y transparencia, facilidad para enterarse y aprender de la política... con todo ello estoy de acuerdo y he de decir que me alegro que sea así, todos debemos saber cuanto ocurre en el Congreso.

Pero el papel que a todos menos nos gusta, y es resaltar la parte mala.

Todas esas cámaras, y más aún con la entrada de partidos que se desenvuelven muy bien con los medios, han convertido el Congreso, un lugar donde se debería hacer única y exclusivamente política, en un lugar más donde desarrollar la campaña electoral, un acontecimiento sobre el que todos estamos pendientes, el plató perfecto. Y en vez de hacer política con propuestas, se hace política con excentricidades. 

Pactos por la mesa del congreso, la entrada del PNV, la negativa de Podemos a pactar, si finalmente se forman 4 grupos de Podemos, si IU forma grupo propio con Compromís (¿alguien se había enterado de la propuesta, por cierto?) De eso es de lo que se debería hablar, y no de todo lo demás.

Porque yo no juzgo ahora si está bien o mal que se lleve un bebé al Congreso, critico la intención con la que se lleva: reivindicativa y la de causar polémica con un fin. Y esto no es malo de por sí, la polémica es en cierto modo necesaria para reivindicar algo, y si eso que reivindicas es justo, pues adelante. Critico el momento, el lugar. Un Congreso es el lugar donde se hace política, y no debería de ser un lugar donde se haga campaña.

Pero esto me lleva a una situación todavía más grave: Toda esa campaña anula el verdadero debate parlamentario, porque todas las intervenciones de los diputados están orientadas, no a la realización de la propia política, como debería ser, sino a crear titulares. Todos están pensando decir la frase adecuada que se saque en los titulares de los periódicos, el recorte televisivo que salga en los telediarios, y eso no estaría mal sino fuese porque mientras buscan eso, se olvidan de hacer política. Continúan haciendo campaña, campaña durante cada día de la legislatura, cuando esta sólo debería durar los meses previos a las elecciones.

Y la culpa no es de los medios de comunicación, que hacen su trabajo, sino de los políticos, que hacen de un instrumento tan bueno para la Democracia como los medios, una forma de rebajar la política.

Debemos entender que la campaña, el márketing, es parte de la vida política, y es completamente legítimo, pero este debe dejarse a las puertas del congreso. Dentro, también se ganan votos, pero de la mejor forma que se puede hacer: con propuestas, con una oposición firme, con un verdadero compromiso democrático, y estando a la altura del escaño que ocupan.

Mientras esto no ocurra, flaco favor le estaremos haciendo a la política.

El politiqueo, para los pasillos, en el hemiciclo, la política de verdad.