10 de enero de 2016

El lenguaje olvidado

Hay dos clases de políticos: Los que tienen un ideal y lo defienden, y pretenden transmitirlo, y los que miran el CIS para ver cuál es el ideal que más votos les puede dar.

O mejo dicho, un día los hubo, pero de eso ya hace mucho.

Algo que siempre me ha llamado muchísimo la atención es la forma el la que los políticos usan el lenguaje. No me refiero a lo que dicen, sino a las palabras que usan para decir aquello que pretenden decir.

Puedes hablar sobre un mismo tema, transmitir un mismo pensamiento, desde una misma posición, pero elaborar un discurso muy diferente, con un efecto muy distinto, según las palabras que escojas. 

Ahora todos los políticos piensan en lo que tienen que decir, en qué cosas no pueden decir (aunque las piensen) porque no serían bien acogidas, pero muy pocos, por no decir ninguno, se preocupa por qué palabras usa. 

Y es que hay palabras que no causan efecto instantáneo. Palabras que, porque las use una persona, no cambian nada, nadie se molesta, a nadie le llama la atención, daría igual si hubiesen escogido cualquier otra. Pero no daría igual si cientos, miles de personas, utilizasen siempre una palabra, y no otra.

Porque no es lo mismo decir "Derecho a decidir" que decir "Pretender echar a alguien de su propio país", como tampoco es lo mismo decir "Proceso soberanista" que "Separatismo". No es lo mismo que alguien decida si pretende independizarse de un Estado y se le permita votar por ello, que alguien deje de vivir en el país en el que ha nacido y le separen de su familia tan solo porque otras personas lo han decidido contra su voluntad.

Efectivamente, si un político dice en un determinado momento "Proceso soberanista" o "Separatismo" no tiene mayor repercusión, pues todos entienden a qué se refiere. Lo que ocurre es que nos fijamos en lo inmediato, en el efecto que causan las palabras a corto plazo, y no en la gran influencia que tienen las palabras.

Porque nadie gana ni pierde votos, al menos en el corto plazo, por la palabra que use. Pero no por ello es menos importante que use un lenguaje deseado. Y es ahí donde se diferencia el político del estadista, el que busca un resultado del que defiende un ideal. Porque hay palabras que no alteran un resultado, pero sí defienden un ideal, consiguen que, tras repetirlas una y otra vez, transmitan un mensaje.

Hoy he llegado a escuchar "Estoy en contra del derecho a decidir". En ese mismo instante me he sentido independentista y me han dado ganas de ir a votar. Qué distinto hubiese sido si esa persona hubiese dicho "Estoy en contra de que separen a una familia por el lugar donde vivan"

¿Qué ocurriría si todos empezásemos a llamarlo "separatismo"? ¿Qué ocurriría si hicieramos ver que el derecho a decidir, consiste en separar familias?

Quizá alguien piense que estoy hablando de manipulación. No, no se trata se eso. O sí. Quiero decir, las palabras tienen un poder mucho mayor del que a veces pensamos para influir en el pensamiento de las personas. Cuando las usamos, para bien o para mal siempre estamos influyendo, "manipulando". Lo que quiero hacer ver es que muchas personas, sobretodo las que comparten cierta ideología, no ven la importancia de las palabras. Han dejado de luchar la batalla dialéctica como si no importara (como si no fuese la más importante) y han aceptado las palabras que le lanzaba su adversario.

Después de leer esto, político le seguirán dando igual las palabras, el estadista verá que lo son todo.