30 de agosto de 2016

El hiato y el diptongo y mi frustrada carrera de poeta.

Yo nací para ser poeta. No me preguntéis por qué, simplemente estaba en mi naturaleza. Había nacido para escribir los mejores versos de la lengua castellana. Claro, que para entonces yo aún no lo sabía.

Pasé toda mi infancia desconociendo el maravilloso don que tenía. Cuando mi mano aún aprendía a escribir, los versos ya se formaban en mi mente esperando su momento de gloria.

No fue hasta segundo de la ESO cuando, por casualidad, descubrí las maravillosas capacidades que tenía. Fue en clase de lengua y literatura, con un profesor gordito, de barba canosa y, como no podía ser de otra forma, cascarrabias. Pero muy buen profesor.

Era el segundo trimestre. Él entró a clase con su maletín de cuero, como cada día. Sacó sus libros y los puso sobre la mesa. Aquel día no los abrió.

"Hoy tenéis que escribir un poema" nos dijo. Así, como si fuese fácil. Chicos de trece años escribiendo poesía.

Como todo gran artista, mi primera gran obra no podía ser menos que un fracaso. No recuerdo cuáles fueron los versos, sólo sé que tengo suerte de haberlos olvidado. Lo que sí recuerdo es que antes de que terminase la clase me dio tiempo a hacer un segundo poema. Como supondrás no era aquellas, ni mucho menos, las estrofas que un día estaba destinado a escribir, pero sí que eran algo mejores que las anteriores, lo suficiente como para poder leerlas en alto y recibir la aprobación del profesor. Todo un orgullo para aquel poeta que daba sus primeros pasos.

Y tan orgulloso estaba que esa misma tarde intenté escribir algún verso más. Descubrí que, además de tener talento, me gustaba. ¡Cómo había podido vivir tanto tiempo sin conocer mi gran pasión. Tuve la suerte de que aquel día era viernes, y digo suerte porque eso significaba que tenía todo el sábado y todo el domingo para perfeccionar mi técnica antes de que llegara el lunes y pudiera asombrar a toda la clase con la mejor poesía que jamás se había escrito. Pasé aquellos días entregado a mi recién descubierta pasión.

Claro, que mi gran carrera como poeta no duraría más de tres días. 

Era lunes, y como bien sabrás, nada bueno puede pasar un lunes. Aquel día, como cada día, el profesor llegó con su maletín de cuero. Saco sus libros y los puso sobre la mesa. Lamentablemente aquel día los abrió.

<> Aquel título cambió por completo mi vida por segunda vez en tan sólo cuatro días. Nunca imaginé que tan pocas palabras pudieran hacer tanto daño.

Vocales abiertas, vocales cerradas, vocales abiertas seguidas de vocales cerradas. ¿Qué tendría todo aquello que ver con la poesía? Yo lo que quería era escribir, y aquello se alejaba mucho de lo que yo quería. 

Aquel escollo no era insalvable, pensé entonces. Yo lo que tenía que hacer era escribir poesía, ya averiguaría algún día para qué servía todo aquello. Así pues, seguí escribiendo durante otros nueve días, y como podréis imaginar, mi técnica empezaba a ser cuanto menos asombrosa.

No pude ver cómo me llegaba aquella estocada final, la cual acabaría para siempre con mi carrera como poeta. Suponía que en el examen nos harían demostrar nuestro talento con la poesía, al fin y al cabo era lo más valioso que podríamos haber aprendido. Cual fue mi sorpresa al ver que, en vez de un espacio en blanco para escribir nuestros versos, el folio estaba lleno de palabras ya escritas y, en vez de llenarlo con mis estrofas, tenía que decidir si aquellas palabras formaban un hiato o un diptongo.

El resultado ya lo puedes imaginar- Y hasta ahí llegó mi breve carrera como poeta.

Te cuento esto no porque guarde rencor al hiato y al diptongo, ni tampoco a aquel profesor. Puede que algún día te encuentres con un historiador nato y le hagas descubrir su pasión por las intrigas y las grandes batallas. Si llega ese día, quizá te sirva mi breve experiencia. Si pudiste enseñarle cómo cambió el mundo la revolución francesa, no cometas el error de abrir el libro y arruinar su carrera con fastidiosas fechas. Primero haz que ame la Historia, ya será él quien un día se encargue de buscar las fechas.